miércoles, 23 de mayo de 2012

En este Blog siempre hay un lugar para los heroes, para aquellos del comics o de la vida real.... aqui va un sentido homenaje a mi mas querido y admirado personaje de la realidad por ser un hombre justo, autentico, noble, un señor..... un autentico Caballero... Rojo !



Y con lagrimas en los ojos, porque este gran luchador ya no esta, pero perdura su idalguia, les dejo un recuento de historia de su vida......
"Abrazame. Hoy estás más linda que nunca", le dijo el Caballero Rojo a su esposa. Y cerró los ojos para siempre. Sin máscara.
Fue el viernes, a las 5 de la madrugada, cuando una enfermedad pulmonar le ganó la última lucha al mítico Caballero Rojo, de Titanes en el ring . Todos los negocios de San Pedro decidieron no levantar sus persianas. Durante años, todo un pueblo guardó el secreto de la identidad verdadera del personaje. Humberto Reynoso era el ídolo de todos y, por eso, entre los vecinos y amigos cubrieron sus restos de innumerables claveles rojos.
"Fue un ejemplo de vida para todos acá. El personaje era como él: amable, caballero, auténtico y leal. Siempre lo venían a buscar para entrevistarlo y él se emocionaba por el amor y el recuerdo de la gente", señaló Adela de Jesús de Reynoso, su compañera hasta el final.
Existió siempre una gran intriga en torno a este personaje y en cada barrio del país hubo alguien que decía ser el Caballero Rojo. Hasta Norberto Imbelloni. Pero el único y auténtico fue Humberto Reynoso o "Baby" Reynoso, como le decían todos.
En los años 60 vivía en uno de los edificios frente al Luna Park. De jovencito se cruzaba al gimnasio para observar a sus ídolos hasta que le enseñaron la técnica y los secretos del catch. Se inició en ese estadio en 1960 como El Araña, debido a su elasticidad y contextura física, pero inmediatamente, en 1962, a partir de la primera edición de Titanes en el ring , se transformó en el Caballero Rojo e, inmediatamente, en ídolo indiscutido del público. Siempre quiso mantener su vida privada al margen de su pasión por la lucha y entraba al estadio o al canal de televisión, de particular y con las manos en los bolsillos. Un acompañante ingresaba unos minutos después con el bolso que contenía su identidad de luchador, para que nunca se conociera su rostro.
Fue considerado por sus colegas uno de los profesionales más correctos y técnicos, y todos lo definían como un verdadero caballero.
También luchó con éxito en Brasil y era un verdadero amante de la justicia. Cuando algo le molestaba, daba media vuelta y partía hacia otro rumbo. Así fue como en más de una oportunidad intentó formar otra troup de catch independiente y como dejó Titanes... promediados los 70. Entre gira y gira trabajó muchos años en el puerto, hasta que regresó a su ciudad amada. Luchó hasta 1980, pero cada tanto hacía alguna demostración en los múltiples homenajes que le hacían sus compañeros y sus fanáticos. Hasta tuvo una historieta: El Caballero Rojo , una genial saga que inventó Tony Torres, tal vez su primer admirador.

De cómo inventó al héroe que a mi entender conducido con un criterio de marketing y otro vuelo podría haberse convertido en un Batman criollo -de he­cho en las postrimerías del siglo pasado, Tony Torres, uno de sus fans manifies­tos, desarrolló un interesante cómic inspirado en El Caballero- hay una narra­ción romántica. No sé cuán verosímil pero es la que siempre mantuvo enhiesta el padre del enmascarado y no hay por qué contradecirlo. Se presentaba en Chile, en su etapa a rostro descubierto, cuando una herida cortante en el arco super­ciliar izquierdo lo dejó empapado en sangre. Al vedo librar la batalla con ese aspecto sin renunciar a su hidalguía una espectadora habría exclamado: 

-¡Es un caballero! ¡Un caballero rojo! 

Supongo que lo habrá influido Máscara Roja, un destacado catcher argen­tino de la primera mitad del siglo XX, quien también era aclamado con su verdadera identidad, Alfredo Legarreta. Lo cierto es que la ingeniería fue puntual y sigilosa. Para estrenarse en la caja de rayos catódicos Reynoso no sólo planteó un comportamiento sino que, además, diseñó un atuendo con de­talles significativos. A la capucha bermellón le adjuntó un arabesco blanco es­tilizado en sus puntas con una distribución triangular con alguna reminiscen­cia de las que comenzaban a imponerse en México pero a la vez distintiva. Y desarrolló botas bicolores y al slip rojo -entonces era habitual que los lucha­dores llevaran el torso desnudo-lo complementó con capas, batas y camperas de raso, algunas rojas con vivos blancos y otras blancas con vivos rojos, abso­lutamente únicas. Humberto decidió el perfil que complementó con su esposa de entonces, Selva, una habilidosa modista y artista circense que iría confeccionando los trajes y marcando la evolución progresiva de la estética Caballero -capacidad que le valió ser durante muchos años vestuarista de Titanes-. La vestimenta era un aspecto importante, pero sólo uno. Al impacto visual lo complementaría con la utilización que le daba a esos elementos. Por ejemplo llevaba una toa­lla roja al cuello que en pleno cuadrilátero, una vez recibidas las indicaciones del árbitro, despojaba con un golpe seco de manos hacia atrás, para que caye­ra en su rincón en manos de su segundo. 

El trípode de su estilo amparaba otras dos cuestiones centrales. Primero sus actitudes satélite. Cómo progresaba hacia el ring: avanzaba casi en pun­tas de pie, solía darse impulsos moviendo sus brazos en redondo para templar sus músculos y articulaciones, la postura de sus manos, aun en combate, esta­ba caracterizada por utilizar sus pulgares despegados y hacia arriba, lo que lo colocaba en una actitud distinguida. Cómo accedía al cuadrilátero: llevaba una de sus piernas delante y de costado para acceder entre la segunda y terce­ra cuerda pero, abruptamente, en el instante de ejecutar la entrada, cambiaba el ángulo rítmicamente y hacía su entrada del mismo modo pero con la otra pierna y cambiando de dirección. Cómo se paraba en la lona: siempre en puntas de pie, atento al despegue, ligeramente perfilado, con uno de sus hom­bros en punta hacia el centro, guardia que mutaba permanentemente buscan­do su mejor ángulo para iniciar la confrontación. 

El nudo, obviamente, era su filosofía como peleador. Su desempeño era muy limpio. No sólo porque acataba las reglamentaciones sino porque, ade­más, todo su comportamiento era pulcro, sus tomas eran prístinas y lucía y hacía lucir a sus oponente s tanto fueran técnicos como rudos. Su arsenal esta­ba constituido por diversas peculiaridades, entre ellas su golpe de puños pro­pulsado por una patadita al aire de su pierna derecha despegada del suelo, su tijera invertida tras utilizar el cuerpo del adversario para ponerse en vertical, su plasticidad de bailarín para administrar su peso y suspenderse liviano en el aire cuando resolvía ejecutar una patada voladora, sus registros a la hora de recibir los golpes valorizando a los oponente s con expresividad sin perder ga­lanura, sus definiciones de combate en rana o en puente con una prolijidad y simetría de artista plástico. En su repertorio aquilataba el manual completo de todas las llaves y contrallaves habidas y por haber a las que realzaba por la manera en que entraba y salía de ellas. Eran un clásico, un deleite y una satis­facción para su persona las competiciones con Ulises El Griego -Pedro Bo­cos-, a quien conocía de memoria, ya que juntos tejían las coreografías más depuradas y eximias colocando al catch en el escalón del ballet. Por fortuna, uno de los pocos testimonios fílmicos que existen del esplendor de El Caba­llero Rojo, algunas escenas de la película Titanes en el Ring de Leo Fleider, permiten observar uno de estos desafíos. 

La gran aparición mediática del enmascarado escarlata se produjo el 3 de marzo de 1962, en la primera emisión del ciclo de Karadagián, el estreno absolu­to del programa en televisión. Confrontó con Luis Gonini en la cuarta lucha y la victoria despertó la admiración del público que ubicado en el mini estadio de Ca­nal 9 se preguntaba por el enigma de su identidad. En esa década fue una figura trascendente de la troupe aunque en la confección de sus argumentos Martín nunca le posibilitó trepar al pelotón de los que disputaban el certamen. Brilló en una segunda línea, siendo aventajado en la tabla de posiciones por El Campeón del Mundo, El Indio Comanche, Mister Chile o Rubén Peucelle, respectivamen­te. Entonces MK era bribón, un malo acérrimo, un patán, pero no se descarta que algún rasgo ególatra haya contenido la explosión competitiva de quien por en­tonces, como la mayoría de los agonistas, no poseía música característica. 

Su fama trascendió el medio local y como era habitual en esa era, en diver­sas circunstancias, emigró del plantel o aprovechó pequeños parates para desarrollar su trabajo en Perú, en Chile y en Brasil donde se convirtió en ídolo y aún se reprisa la leyenda de El Cabaleiro Vermelho. Especialmente en la re­gión de Niteroi. 

Estricto y dueño de una sola palabra, Reynoso siempre evitó las reyertas y cuando alguna actitud de la empresa le disgustó o se sintió disconforme por la remuneración -los sueldos nunca fueron cuantiosos, pero en etapas de mucha producción lograban una facturación interesante aunque no tenían participación en las ganancias extras, un foco de conflicto-, dio media vuelta y se fue aban­donando Titanes. Se reintegró en 1972 a la empresa para ser bastión de la impactante temporada desarrollada en la pantalla de Canal 13. El hito histórico -por rating, festivales en clubes y dos Luna Park, merchandising, cine-lo en­contró en plenitud y marcó su despedida. En noviembre de ese año se sumó a un grupo de luchadores que disconformes con los cachet decidieron la independencia. En el país no volvió a conocer el éxito ya que los diversos intentos inde­pendientes fracasaron pero se mantuvo vigente hasta bien entrados los '80. 



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